Maullidos Urbanos
Por Gato de Barrio
Por la forma como se comporta Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en lugar de despachar desde la Casa Blanca debería estar sujeto a un profundo estudio personal, ya que sus actitudes y decisiones no resultan ser las de un individuo centrado, objetivo e inteligente.
Si bien en su primer periodo presidencial fue una persona con la cual para el mundo fue difícil poder negociar, al término alentó a sus seguidores a dar un virtual golpe de estado, tras afirmar que había ganado las elecciones ante Joe Biden, al grado de invadir violentamente el Capitolio. Se quejó de robo político, pero sin mayores consecuencias para Trump, solamente para un grupo de invasores juzgados y encarcelados, aunque después él los indultó.
Ahora, desde el inicio de su segunda administración se ha mostrado como un político ególatra e inconsecuente, donde emite órdenes presidenciales sin argumentos o respaldos legales suficientes para ser aceptados no solo por otras naciones, también por sus mismos compatriotas, incluso, hasta por sus mismos correligionarios del Partido Republicano.
Esas acciones van desde cambiar –por sus pantalones– los nombres de áreas geográficas más allá de sus fronteras. Por ejemplo, “decidió” que el Golfo de México debería ser llamado Golfo de América, igualmente firmó un decreto para cambiar el nombre del lago Ontario –que comparte con Canadá– por “lago de América”. Por supuesto, estos cambios solo funcionan en Estados Unidos, para nada en el resto del mundo.
Otra decisión reciente, que no se ha “oficializado” mediante algún decreto presidencial por no ser de su competencia, es cambiar el nombre del estado norteamericano de Nuevo México por el de Nuevo América, nombre original establecido por los españoles en el siglo XVI, inspirado en el Valle del Río Grande, al sur de Texas que separa a nuestro territorio de Estados Unidos, zona originalmente habitada por culturas indígenas avanzadas, como los pueblos Apache y Navajo, que recordaban a los españoles a las civilizaciones del altiplano mexicano.
Cambiar el nombre de esa entidad es una decisión que le corresponde solo a sus habitantes. Por ello, en respuesta Michelle Luján, gobernadora de Nuevo México, dijo que el nombre “no está en discusión: es nuestro desde antes de que existieran los Estados Unidos”. Precisó que la pretensión del presidente es “distraer a los estadounidenses” de diferentes problemas tales como la subida disparada de los precios de la gasolina.
Ahora también se involucra la egolatría del mandatario norteamericano, cuando expresó su idea de cambiar el nombre del Estrecho de Ormuz –paso marítimo hoy día en conflicto con Irán por el paso de buques llevan gas y petróleo a diversos puntos del mundo–, por Estrecho de Trump ya que, según él, “será más sexy que nunca”.
Tampoco deben omitirse sus ambiciones expansionistas, ya que en varias ocasiones ha expresado sus pretensiones de agregar más estados a su nación, como ha sido el querer apropiarse de Groenlandia o que Canadá y, más recientemente, Venezuela sean nuevos territorios norteamericanos, lo cual ha sido ampliamente rechazado por diversos sectores de los países involucrados.
Incluso, este lunes en sus redes sociales difundió una imagen donde se observa la bandera de barras y estrellas sobre Canadá, Groenlandia, Cuba y México, ante lo cual la presidenta Claudia Sheinbaum respondió que “México no es ni será colonia ni protectorado de ningún país extranjero. Orgullosamente somos un país libre, independiente y soberano”.
Muy probablemente estas decisiones han sido adoptadas por Trump bajo la visión de que al Partido Republicano le resultarán favorables en las próximas elecciones intermedias, programadas para noviembre, donde resulta altamente probable que los candidatos de ese partido no sean respaldados por el voto ciudadano y, por lo tanto, pierdan la mayoría en las Cámaras de Representantes y de Senadores.
De suceder así, entonces muchas de sus decisiones y proyectos quedarían frustrados al no tener la aprobación legislativa, Sin embargo, Trump podría dar una sorpresa y buscar retener el poder lo más posible, pero probablemente generaría una crisis social interna sin precedente.











