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Opinión

Los aplausos permanentes que a nadie le hacen bien…

Bajo La Rosa
Por: Jorge A. Rosas

En la antigua Roma, cuando había una reunión y en la puerta de la entrada se colgaba una rosa, los temas tratados eran confidenciales. (sub rosae)

A nadie, en especial a quienes están al frente de un cargo público le convienen los aplausos permanentes, porque en medio de la vorágine de la celebración, se olvidan los pequeños o grandes detalles que pueden ser corregidos.

A nadie, menos a una institución le conviene que su titular esté por encima de sus atribuciones por la falta de pericia o conocimiento, pero menos aún por un sentimiento de superioridad moral o intelectual, a nadie, menos a los atletas o artistas les conviene vivir en la eterna gloria de una victoria.

Y digo esto, porque a pesar de que ha pasado casi medio año desde que tomó el poder a nivel federal, y poco más de un año que ganó la mayor cantidad de espacios en la pasada elección, el partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) sigue embebido en su triunfo electoral con el respaldo mayoritario que le dieron los electores que hicieron válido su derecho a decidir.

La esperanza que se vendió a través de propaganda, surtió efecto, porque sin duda avivó uno de los sentimientos más poderoso en el ser humano como es esperar que las cosas pueden mejorar.

Y así como a nadie le gusta reconocer que se equivocó o que las cosas no son como uno pensaba después de haber tomado una decisión, a todos, todos nos gustan los aplausos, el reconocimiento y la esperanza de un mejor futuro.

Esa esperanza que hizo que millones de mexicanos le dieran un cheque en blanco a un partido político “nuevo” por el simple arrastre de un personaje hoy está cobrando sus primeras facturas, a nivel municipal, pero sobre todo a nivel legislativo.

Ganaron sí, la mayoría, pero con ello, olvidaron la responsabilidad que eso implica, la gente votó por candidato y partido con un gran hartazgo por las otras opciones políticas que también son corresponsables de lo que hoy sucede.

A cargos de gran relevancia como presidencias municipales y diputaciones llegaron  algunos candidatos que en otras ocasiones no hubieran podido ganar una elección, pero sobre todo, carentes de conocimientos de la administración pública.

Como en cualquier administración, ha habido errores y aciertos, pero cuando los errores son más visibles o numerosos, es necesaria siempre la autocrítica.

Hoy, con un gobierno federal con constantes traspiés, y presidentes municipales eclipsados por la esperanza de un cambio, a nadie le conviene que los aplausos acallen las voces críticas, sobre todo aquellas que están llena de conocimientos que ha dado el servicio público más allá de colores partidistas.

México avanzó a pasos agigantados en la construcción de instituciones fuertes gracias a esas voces críticas, a esa oposición “molesta” que se encargaba de recordarle al presidente la importancia de los contrapesos aún en los mejores momentos del presidencialismo del PRI.

A nadie, menos a México le conviene una figura que sienta que su superioridad moral le permita estar por encima de leyes o de instituciones, los cambios se dan desde el poder legislativo, y el discurso que oímos todos los días de un presidente omnipoderoso que recibe aplausos por “desnudar” la corrupción de organismos autónomos cuyas acusaciones luego su gobierno no puede sostener, a nadie le hacen bien.

La era del consumo digital de información nos ha hecho replicadores de esos aplausos, pero también, en ocasiones, en voces que gritan sin razón, sin sustento y con información sesgada.

Ojalá que entendamos que como sociedad tenemos derecho a estar informados, a tener un periodismo libre, sin mayores ataduras que la veracidad, pero sobre todo a un gobierno que sea capaz de escuchar voces de protesta en medio de los estridentes aplausos de sus mayorías.

México no está en el rumbo que queríamos, y el poder en un solo hombre no lo pondrá en ese camino.

México y su pluralidad, merecen la representación justa y necesaria, con una sociedad crítica, capaz de alzar su voz cuando el gobierno no esté haciendo bien las cosas, pero también capaz de reconocer los logros y sumarse a su lucha por el bien de todos.

A México y a todos nos conviene escuchar aplausos solo como un gesto de reconocimiento y no sólo como un medio de esconder errores.

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