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Entre huacales y libros: 38 años de Mario Arturo Torres Díaz en la Biblioteca de la UAEMéx Zumpango

Zumpango, México.
Por La Redacción.

Cuando la Biblioteca “Wenceslao Labra” abrió sus puertas en 1987, no había estanterías, ni escritorios formales, ni un acervo que llenara las paredes. Los libros se acomodaban en huacales y las mesas se armaban con tablas de cimbra. Aun así, el espacio tenía algo esencial: la voluntad de servir. Ahí comenzó la historia de Mario Arturo Torres Díaz, quien desde entonces no se ha ido.

Tenía poco más de 20 años cuando asumió la responsabilidad de cuidar aquel modesto acervo de apenas 35 volúmenes, destinado a cinco licenciaturas en ciencias sociales y de la salud que se impartían en el municipio. Era el inicio del Centro Universitario Zumpango de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx) y también el inicio de una vida dedicada a los libros y a los estudiantes.

Con el tiempo, el crecimiento del centro universitario exigió algo más que buena voluntad. Hacían falta títulos, espacios y servicios. Para resolverlo, Torres Díaz tocó puertas, gestionó apoyos y promovió iniciativas como la donación de libros durante los procesos de titulación, un gesto que permitió fortalecer, poco a poco, el patrimonio bibliográfico.

Hoy, más de tres décadas después, la biblioteca resguarda más de 46 mil 300 volúmenes y 43 mil 230 títulos. Ya no hay huacales ni muebles improvisados. En su lugar, existen áreas de consulta, hemeroteca, mapoteca, biblioteca digital y un salón electrónico con bases de datos especializadas que atienden a 11 licenciaturas y a la comunidad en general.

A lo largo de estos 38 años, Mario Arturo Torres Díaz ha visto pasar generaciones completas. Ha orientado búsquedas, recomendado lecturas y acompañado silenciosamente los desvelos académicos de miles de estudiantes. Su labor, discreta pero constante, ha sido parte del crecimiento institucional del Centro Universitario Zumpango.

“La UAEMéx me ha permitido crecer como persona y fortalecerme intelectualmente”, dice, sin estridencias. Para él, la biblioteca no es solo un espacio de libros, sino un punto de encuentro donde el conocimiento se comparte y se construye.

Hoy, mientras los estantes llenos contrastan con aquellos primeros días de carencias, Torres Díaz sigue ocupando el mismo lugar: detrás del mostrador, atento a quien necesite orientación. La biblioteca cambió, la universidad creció, pero su vocación permanece intacta.

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